Sin título
Autor: Juanjo
Sobre un horizonte de cálidos matices rosáceos, dorados, violáceos… la mañana se despierta esplendorosa al cabeceo de una muy leve virazón, bajo un transparente manto azul teñido de promesas veraniegas sin cuento. Las impertérritas gaviotas, posadas en las bordas de las barquichuelas, se mecen balanceadas por el vaivén de las olas de algunos cerqueros que, partiendo de buena mañana en busca de cardúmenes de sardina, levantan en la insólita quietud del pequeño y abrigado puerto, a las puertas de un desierto de arenas y montañas peladas avecinadas a la mar. Un silencio perezoso se extiende desde las dunas amarillentas y las colinas pardas hasta el infinito y más allá, componiendo en conjunto una sinfonía de luminosidad, sonidos, colores, olores, sensaciones y vivencias, sin parangón. Tras un breve pero consistente desayuno en el único bar de la zona franca la tripulación de coraleros, ora vacilona ora taciturna, debatiéndose entre una expectación enervante y una disposición cautelosa, despeja la bañera, arrancha la cubierta, comprueba el correcto funcionamiento de las linternas y su carga, pone a punto cada cual sus bolsas y globos inflables de recogida, verifican el filo de las herramientas, uno el piolet lastrado, otro la piqueta de soldador con un suplemento de mango adosado, aquel la artística azuela forjada y templada en herrería… mientras la embarcación abandona el muelle y, dejando tras de sí una estela irreverente de aguas revueltas en la superficie inmaculada, enfila al oeste rumbo a los bancos de coral rojo poco ha descubiertos. “Se puede ganar una fortuna en poco tiempo”, le había contado unas semanas atrás el colega que expresamente giró visita a Mallorca, donde Txo, un consumado fondista, que es como en el argot le dicen a quienes se dedican a bucear a profundidades más allá de las razonables, se sumergía a diario en busca de unos pocos kilos del ansiado tesoro bermellón. “Además, tú eres muy bueno, uno de los mejores, te será fácil y en unos pocos meses forrado!; luego ya verás como me das las gracias, que esto es una bicoca que no va a durar mucho, ¡venga, coño, si hasta los italianos están yendo allí!... me han dicho que los de Kerkerna están preparando ya el cambio de base y hay que adelantarse ¡joder!, que tú ya sabes cómo es esa gente, que huelen las pasta de lejos y siempre llegan los primeros. Bueno, ¿qué me dices? ¿cuento contigo?... mira, si yo pudiera iría en persona pero tuve un ataque en Creus el mes pasado y todavía no me he repuesto del todo ... y en último caso, vas y lo miras, me informas de lo que hay y si no te gusta lo dejamos entonces… para que veas que estoy seguro de lo que digo y de que confío a tope en ti yo corro con todos los gastos… es un favor que te pido, estoy en un apuro y necesito mucha guita y rápido, esta puede ser nuestra gran oportunidad”. Recordaba la conversación en uno de los abarrotados bares de la Plaza Gomila como un eco reverberante y le había convencido, o se había dejado convencer, pero no dejaba de darle vueltas a la cabeza con que si sería cierto, si resultaría un fiasco, y aunque lo hubiera en las cantidades que se decía ¿sería de buena calidad o no? Una vez aceptada la oferta, sin más papeles ni trámites que la palabra entre hombres de palabra, entre copa y copa no hubo regateo sobre el valor del coral a extraer: “el barco ya lo conoces, es el Playa de Chafarinas… allí te están esperando fulano, mengano y citano… tú vas de jefe de equipo, y a ti como a ellos todo lo que saquéis os lo pago a tocateja, después ya me encargo yo con mis clientes”. El acuerdo en el precio, a la vista de algunas ramas que unos pescadores artesanales marroquíes decían proceder del nuevo banco, se alcanzó promediando los de toda la costa del Magreb, prestando especial atención al mercado mallorquín y al italiano o al tunecino, porque la propuesta, la verdad, era tentadora, tanto para su espíritu aventurero, por una nueva andanza inédita en tierras exóticas, como para su economía, francamente bien remunerada. Recién iniciada la década de los ochenta la llegada por tierra desde Melilla a Alhucemas, o mejor Al-hoçeima que es como la llaman los nativos, no tiene más historia que la de las interminables carreteras estrechas y mal pavimentadas, en algunas zonas simplemente de tierra apisonada y en casi todas con curvas cerradas, ni siquiera para el Mercedes que lo traslada junto al equipamiento mínimo, e incluso menos aún porque en el aeropuerto de Málaga no le han dejado embarcar en el avión el utilísimo cuchillo de buceo, para hacerse cargo de la camarilla llegada unos días antes y que lo espera para hacerse cargo de la dirección. Las largas horas de recorrido dan para mucho cavilar y durante unos instantes recuerda cómo ha sido su corta pero intensa biografía hasta entonces. Se adscribe a uno de los muchos ramalazos de una generación enraizada en las convulsiones sociales del mayo del 68 francés e injertada después en la cultura hippie, hibridación que, aunque corta pues apenas surgida en las postrimerías de la década de los setenta ya se halla en vías de extinción, fructifica en personajes libertarios, rebeldes e inconformistas de excepcional factura, idealistas hasta la utopía. Pertenece, acaso de los últimos representantes, a una breve y conspicua estirpe de buceadores individualistas y por ende independientes, tan intrépidos cuan emprendedores, que supliendo las carencias de la tecnología, sin acceso por entonces a las mezclas respirables inertes ni a los avanzados sistemas de buceo comenzados a comercializar varios años más tarde, y fiando cual si de Biblia se tratase en las tablas de descompresión II (para inmersiones normales con aire) y VI (para inmersiones excepcionales con aire) editadas por la Armada, únicas por entonces disponibles para la inmensa mayoría de buceadores españoles, actúan con un atrevimiento desmedido; sujetos por demás decididos para unos y alocados para otros, oscilando a medias entre la imprudencia y un coraje poco frecuente, componen una verdadera saga de submarinistas impulsivos y trotamundos cosmopolitas que por azares del destino se concentran en lugares concretos del Mediterráneo occidental, desde Túnez hasta España, donde las oportunidades de negocio florecen en torno a actividades por igual lucrativas y arriesgadas. Pese a la peligrosidad del oficio, o acaso precisamente por eso, durante los dos últimos años vividos en Mallorca, Txo, llevado de vidas paralelas en cierto modo híbridas e inclusive esquizofrénicas, una en el norte y otras en el sur de la isla, no hubo parado en mientes a la hora de derrochar los cuantiosos ingresos que, con ocho o diez inmersiones mensuales, le proporciona la actividad, alternando cortas temporadas, cuando desaparece de los ambientes ciudadanos para recluirse en Cala San Vicenç, de intensa preparación física y mental mediante sesiones de concentración, y buceos a profundidades ora consideradas extremas, con otras de “contestatario” o de “play-boy” según convenga, combinando una rara amalgama con lo mejor de ambos ambientes.